​La música no llegó a su vida por casualidad; ya estaba allí, vibrando en su ADN. Viene de una estirpe musical, los Grajales. Entre las montañas de Santa Elena y el aire de Santuario, Antioquia, abuelos y padres sembraron en él esa semilla que germinó en Envigado.

Creció arrullado por melodías, en un hogar donde el silencio era simplemente el espacio entre una canción y otra.

​Hubo un tiempo en que el balón intentó competir con las notas. A los 14 años, las inferiores del Medellín y la Selección Antioquia parecían ser su destino. Pero el destino tiene sus propios arreglos musicales: una lesión en la nariz en el estadio de Rionegro cerró su etapa en las canchas a los 18 años, solo para abrir de par en par las puertas del escenario.


​Dejó de ser uno de los “Niños Cantores” porque la voz le cambió, pero el hambre de gloria seguía intacta. El maestro Guillermo González lo reclutó para la Italian Jazz, y allí, entre ensayos y disciplina, comprendió que lo suyo no era un pasatiempo: era una misión. Se “empeliculó” con el sueño de ser pianista, compositor y cantante, hasta que la vida le dio el pase de entrada a la institución más grande: El Combo de las Estrellas.

Allí no solo prestó su voz; prestó su alma en composiciones que hoy Colombia entera canta, como “Soledad”, “Esposa Mía” y “Cuando me quieras”. Su pluma encontró eco en las voces de leyendas como Darío Gómez y hoy sigue vigente con figuras como Paola Jara, John Alex Castaño y Luis Alberto Posada.

​La música le ha permitido cumplir el sueño más grande: alegrar corazones más allá de las fronteras. Ha visto pabellones llenos en Valencia, España, y he sentido el calor latino en cada rincón de Estados Unidos. Han sido 38 años de giras largas, de aprender del mundo y de entender que cada aplauso es el combustible para seguir creando.

​Hoy, al frente de su propia orquesta, sigue siendo ese mismo niño que se maravilla con un acorde. Es productor, arreglista, director y multiinstrumentista, pero por encima de todo, es un hombre que vive por y para su gran amor. Su mundo no tiene fronteras porque la música es el idioma universal de la alegría, y mientras haya alguien dispuesto a escuchar, él seguirá tocando.

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