No nació en un set, nació en escena: la verdadera escuela de Félix David

Félix David Zuluaga, mejor conocido en el bajo mundo de las risas como el “Felix”, no empezó en un set de televisión con luces brillantes, sino en las tablas polvorientas y apasionadas del barrio Robledo por allá en 1980. Félix no era solo un actor; era un “teatrero” de pura cepa. Con el grupo de Extensión Cultural, se recorrió hasta el último rincón de Antioquia presentando obras costumbristas como “El médico a palo” y “La Bruja de Pontezuela”. ¡Incluso hacía la Semana Santa en vivo! Se tomaba tan en serio el cuento que pasaba de ser un paisa dicharachero a estar en los tribunales de Anás y Caifás con una pasión que ya envidiaría cualquier actor de Hollywood.

​Al lado del Maestro, Montecristo

Durante toda la década de los 80, Félix fue la sombra, el alumno y el compañero de viajes de su padre, el gran Guillermo Zuluaga “Montecristo”. Andando con el maestro, no solo aprendió a contar chistes, sino que absorbió la esencia del humor colombiano. Trabajó con él en La Matraca, y aunque estuvo a punto de entrar al elenco de Las Aventuras de Montecristo, el destino (y la radio) tenían otros planes. Félix ya estaba volando solo, ¡y qué vuelo se pegó!

​El Rey de la Pantalla Chica
​Si usted prendió un televisor en Antioquia en las últimas décadas y no vio a Félix, es porque no tenía antena. Desde los sketches en ¿Qué nota? con personajes inolvidables, pasando por hitos del humor regional como:

  • ​La Grúa (¡clásico de clásicos!)
  • ​La Escalera
  • ​Plop
  • ​Telehumor
  • ​El Show de Félix y La Máquina

​Félix David se convirtió en un rostro familiar, un tipo que ha dado “lidia” de la buena durante años, sacándole carcajadas a medio país con una energía que parece no acabarse nunca.

​El Renacimiento Pandémico: “¡Se embobó, upa pues!”

​Cuando llegó la pandemia y el mundo se encerró, Félix no se quedó de brazos cruzados. Con esa chispa que lo caracteriza, miró a su esposa, Angélica Sánchez, y le soltó: “Vení, grabemos un chistecito del día”. Ella, con la gracia natural que Dios le dio, le respondió: “Oiga, ¿este se embobó? ¡upa pues!

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